Por tanto, celebremos el nacimiento del Señor con la asistencia y aire de fiesta que merece. Exulten de gozo los varones, exulten las mujeres. Cristo nació varón, pero nació de mujer; ambos sexos quedan honrados. Pase, pues, ya al segundo hombre quien había sido condenado con anterioridad en el primero. Una mujer non indujo a la muerte; una mujer nos alumbró a la vida. Nació la semejanza de carne de pecado con la que se purificaría la carne de pecado. Así, pues, no se culpe a la carne, mas para que viva la naturaleza muera la culpa, pues nació sin culpa para que renaciera en él quien se hallaba en la culpa. (...)
lunes, 24 de septiembre de 2012
De una bitácora ajena.
http://elmatinercarli.blogspot.com.es/2009/07/el-romanticismo-vehiculo-de-destruccion.html
El Romanticismo vehículo de destrucción de la Tradición
El romanticismo es una reacción al racionalismo ilustrado, y a los principios y práctica de la Revolución francesa. Reacción consistente en la exaltación de las particularidades propias y del pasado vivido, especialmente del pasado medieval, resaltando las libertades que los pueblos de aquellas épocas disfrutaban. Como tal, la reacción es positiva.Los pueblos no aguantaban más las frías construcciones racionalistas ajenas a su alma y al calor de sus tradiciones. Porque más allá de una mera sociedad organizada para fines racionales al modo contractual de Rousseau, o de la concepción mecanicista del Estado, o del despotismo ilustrado, más allá de eso el pueblo es una comunidad.
Como reacción al individualismo burgués, al centralismo uniformador y al naciente capitalismo, el romanticismo tiene muchos lugares comunes con el Tradicionalismo.
El problema surge cuando esa exaltación se hace desde una perspectiva meramente "natural", y termina en naturalismo puro. No digamos cuando esa mirada al pasado es totalmente pagana. El movimiento romántico degenera vía naturalismo, por tanto, en el nacionalismo; y esto es grave porque este naciente nacionalismo arraiga en zonas tradicionalmente tradicionalistas y de fuerte resistencia a la modernidad. El nacionalismo será una forma de atemperar su tradicionalismo y a la larga de diluirlo totalmente: el caso catalán o vascongado es paradigmático.
Este nacionalismo romántico tenderá a idealizar el pasado a base de "mitos" y por tanto se alejará de la verdadera Tradición siempre arraigada en la auténtica historia. El nacionalismo es una "idolatría política" que invierte la correcta jerarquía de principios. La exaltación de la "nación", conduce a la larga, se quiera o no, a la relegación de la religión como fundamento esencial y unificador. Destruyendo así el principio vital que vivificaba las tradiciones, libertades y instituciones de los pueblos. Incluso los "nacionalismos católicos" primarán el interés nacional y la religión tanto en cuanto sirva a la "nación". Primará la "nación" sobre la "tradición".
En los aludidos casos catalán y vascongado la descristianización de sus respectivos ámbitos ha tenido lugar con ocasión de los gobiernos nacionalistas, habiendo estado esos partidos nacionalistas, de inspiración o de antigua confesionalidad católica, a la vanguardia de políticas anticristianas. Ejemplo muy reciente es el apoyo del PNV al aumento del genocidio legal del aborto con la nueva y sanguinaria ley propuesta por el PSOE.
El problema surge cuando esa exaltación se hace desde una perspectiva meramente "natural", y termina en naturalismo puro. No digamos cuando esa mirada al pasado es totalmente pagana. El movimiento romántico degenera vía naturalismo, por tanto, en el nacionalismo; y esto es grave porque este naciente nacionalismo arraiga en zonas tradicionalmente tradicionalistas y de fuerte resistencia a la modernidad. El nacionalismo será una forma de atemperar su tradicionalismo y a la larga de diluirlo totalmente: el caso catalán o vascongado es paradigmático.
Este nacionalismo romántico tenderá a idealizar el pasado a base de "mitos" y por tanto se alejará de la verdadera Tradición siempre arraigada en la auténtica historia. El nacionalismo es una "idolatría política" que invierte la correcta jerarquía de principios. La exaltación de la "nación", conduce a la larga, se quiera o no, a la relegación de la religión como fundamento esencial y unificador. Destruyendo así el principio vital que vivificaba las tradiciones, libertades y instituciones de los pueblos. Incluso los "nacionalismos católicos" primarán el interés nacional y la religión tanto en cuanto sirva a la "nación". Primará la "nación" sobre la "tradición".
En los aludidos casos catalán y vascongado la descristianización de sus respectivos ámbitos ha tenido lugar con ocasión de los gobiernos nacionalistas, habiendo estado esos partidos nacionalistas, de inspiración o de antigua confesionalidad católica, a la vanguardia de políticas anticristianas. Ejemplo muy reciente es el apoyo del PNV al aumento del genocidio legal del aborto con la nueva y sanguinaria ley propuesta por el PSOE.
El Dios, Patria, Fueros y Rey es la correcta relación de principios; su alteración es un principio revolucionario y disolvente.
En el caso de la América hispánica esos nacionalismos católicos, pese a ser más consecuentes con su confesionalidad, han bebido de "mitos" y "símbolos" revolucionarios. Es curioso como en muchos casos exaltan a los "padres de la patria" de sus "naciones", siendo estos masones y liberales. Aceptan sus símbolos, siendo estos igualmente liberales y masónicos en su origen; aceptan todo el proceso de sus "independencias", proceso igualmente revolucionario. Y al mismo tiempo ese nacionalismo les sirve para oponerse a los católicos de otros pueblos hermanos, impidiendo el proceso de una verdadera restauración que debería conllevar a la formación de una Comunidad de pueblos hispánicos.
El error romántico de base es el "naturalismo" y el “sentimentalismo” que lleva parejo; exaltar lo puramente natural, lo que degenerará en la creación de "idolatrías políticas": la orografía, las peculiaridades folclóricas, culturales o lingüísticas, la "raza", etc. Siempre en detrimento de la Tradición como ejecutoria histórica y real, y del principio espiritual sobrenatural que la alimenta y da coherencia.
En este sentido hay romanticismos de derechas de tipo conservador (que no escapan de ese naturalismo) y los hay de tipo más liberal (y tono revolucionario). Pero en los dos casos la raíz anti-tradicional es idéntica. Aún así entre los románticos habrá quien termine en una verdadera conversión al catolicismo y en una defensa de la verdadera Tradición y buscando, por tanto, la restauración. Pero lo más normal es que el romanticismo que en un principio nace con un tono conservador, degenere pronto en liberalismo, y en muchos casos derive en puro pre-fascismo y posteriormente en progresismo disolvente (contradiciendo totalmente sus propios orígenes). Todo ello mediante la exaltación de "mitos" y de elementos puramente naturales por la asunción del principio de inmanencia propio de la filosofía moderna de la que no se escapan.
El sentimentalismo romántico ha operado como vehículo de trasvase de los pueblos tradicionales hacia el liberalismo vía un vaciamiento del alma de los pueblos, mediante el idealismo romántico. La defensa de la religión y de las libertades tradicionales, se debe hacer siempre desde una perspectiva sobrenatural y trascendente que es la que las vivificaba y unificaba, arrancado ese principio el pasado pierde significación y la restauración se hace imposible. Sólo la Religión es el centro de una comunidad y antídoto al individualismo disolvente.
En el caso de la América hispánica esos nacionalismos católicos, pese a ser más consecuentes con su confesionalidad, han bebido de "mitos" y "símbolos" revolucionarios. Es curioso como en muchos casos exaltan a los "padres de la patria" de sus "naciones", siendo estos masones y liberales. Aceptan sus símbolos, siendo estos igualmente liberales y masónicos en su origen; aceptan todo el proceso de sus "independencias", proceso igualmente revolucionario. Y al mismo tiempo ese nacionalismo les sirve para oponerse a los católicos de otros pueblos hermanos, impidiendo el proceso de una verdadera restauración que debería conllevar a la formación de una Comunidad de pueblos hispánicos.
El error romántico de base es el "naturalismo" y el “sentimentalismo” que lleva parejo; exaltar lo puramente natural, lo que degenerará en la creación de "idolatrías políticas": la orografía, las peculiaridades folclóricas, culturales o lingüísticas, la "raza", etc. Siempre en detrimento de la Tradición como ejecutoria histórica y real, y del principio espiritual sobrenatural que la alimenta y da coherencia.
En este sentido hay romanticismos de derechas de tipo conservador (que no escapan de ese naturalismo) y los hay de tipo más liberal (y tono revolucionario). Pero en los dos casos la raíz anti-tradicional es idéntica. Aún así entre los románticos habrá quien termine en una verdadera conversión al catolicismo y en una defensa de la verdadera Tradición y buscando, por tanto, la restauración. Pero lo más normal es que el romanticismo que en un principio nace con un tono conservador, degenere pronto en liberalismo, y en muchos casos derive en puro pre-fascismo y posteriormente en progresismo disolvente (contradiciendo totalmente sus propios orígenes). Todo ello mediante la exaltación de "mitos" y de elementos puramente naturales por la asunción del principio de inmanencia propio de la filosofía moderna de la que no se escapan.
El sentimentalismo romántico ha operado como vehículo de trasvase de los pueblos tradicionales hacia el liberalismo vía un vaciamiento del alma de los pueblos, mediante el idealismo romántico. La defensa de la religión y de las libertades tradicionales, se debe hacer siempre desde una perspectiva sobrenatural y trascendente que es la que las vivificaba y unificaba, arrancado ese principio el pasado pierde significación y la restauración se hace imposible. Sólo la Religión es el centro de una comunidad y antídoto al individualismo disolvente.
Tengamos mucho cuidado en la no generación de “Tradicionalismos románticos”. La Fe católica asimilada y vivida debe ser siempre la norma de nuestro actuar personal y político.
lunes, 17 de septiembre de 2012
De infocatólicos y lefebvrianos
En Infocatólica hay un gobierno de hierro. Milenko Bernardic había escrito un artículo contra las apariciones de Madjugorje. Alguien dijo que no le parecía bien cuando la Iglesia todavía no ha dado una respuesta definitiva, y en horas el artículo desapareció.
Milenko, ponía entre otros personajes que fueron influenciados por apariciones, a Lefebvre. Y alguien, antes que el artículo desapareciera, comentó que era injusto ponerlo a Lefebvre porque nunca había invocado una aparición. Pues bien dijo monseñor Lefebvre en la homilía de ordenación de los cuatro obispos.
"Así pues, queremos daros las gracias por haber venido en tan gran número a animarnos en la ejecución de esta ceremonia. También nuestros ojos se vuelven hacia la Virgen María. Saben bien, queridos hermanos –seguro que se lo han dicho-, cómo León XIII en una visión profética que tuvo, dijo que un día la Sede de Pedro sería la sede de la iniquidad. Lo dijo en uno de sus exorcismos, en el “exorcismo de León XIII”. ¿Es hoy? ¿Mañana? No sé. En todo caso ha sido anunciado. La iniquidad puede ser sencillamente el error. El error es una iniquidad: no profesar ya la Fe de siempre, no profesar ya la Fe católica, es un grave error; ¡si hay una gran iniquidad, es precisamente esa! Realmente creo que puedo decir que no ha habido nunca una iniquidad más grande en la Iglesia que la jornada de Asís, ¡que es contraria al primer mandamiento de Dios y contraria al primer artículo del Credo! ¡Es algo tan increíble que una cosa así haya podido realizarse en la Iglesia ante los ojos de toda la Iglesia humillada! Nunca hemos sufrido una humillación semejante. Todo esto lo podrán encontrar en el pequeño libro del Daniel le Roux, que ha sido editado especialmente para proporcionarles todo tipo de información sobre la situación actual de Roma.No solamente el Papa León XIII ha profetizado estas cosas, sino Nuestra Señora. Ultimamente, el sacerdote que está encargado del Priorato de Bogotá en Colombia, me ha traído un libro que versa sobre las apariciones de Nuestra Señora del Buen Suceso, que tiene una iglesia, una gran iglesia en Ecuador, en Quito, capital del Ecuador. Estas apariciones a una religiosa, tuvieron lugar en un convento de Quito poco tiempo después del Concilio de Trento, hace pues varios siglos como ustedes ven. Todo esto fue consignado, habiéndose reconocido esta aparición por Roma y por las autoridades eclesiásticas, ya que se construyó una magnífica iglesia para la Virgen, de la que además los historiadores afirman que el rostro de la Virgen había sido terminado milagrosamente: se encontraba el escultor modelando el rostro de la Virgen, cuando se encontró con dicho rostro terminado milagrosamente. Esta Virgen milagrosa es honrada allí con mucha devoción por los fieles del Ecuador y profetizó para el siglo XX. Dijo a esta religiosa claramente: «Durante el siglo XIX y la mayor parte del siglo XX, los errores se propagarán cada vez con más fuerza en la Santa Iglesia, y llevarán a la Iglesia a una situación de catástrofe total, ¡de catástrofe! Las costumbres se corromperán y la Fe desaparecerá». Nuestra impresión es que no podemos dejar de constatarlo.Pido disculpas por continuar el relato de esta aparición, pero en ella se habla de un prelado que se opondrá totalmente a esta ola de apostasía y de impiedad y preservará el sacerdocio preparando buenos sacerdotes. Hagan ustedes la aplicación si quieren, yo no quiero hacerlo. Yo mismo me he sentido estupefacto leyendo estas líneas, no puedo negarlo. Está inscrito, impreso, consignado en los archivos de esta aparición.Además ustedes conocen las apariciones de la Salette, donde Nuestra Señora dijo que Roma perderá la Fe, que habrá un eclipse en Roma; eclipse, adviertan lo que eso puede significar viniendo de parte de la Santísima Virgen.Y finalmente el secreto de Fátima, más cercano a nosotros. Sin duda que el tercer secreto de Fátima debía hacer alusión a estas tinieblas que han invadido Roma, estas tinieblas que invaden el mundo desde el Concilio. Es por eso sin duda que el Papa Juan XXIII juzgó oportuno no publicar el secreto, puesto que habría sido necesario que tomase ciertas medidas y no se sentía tal vez capaz de cambiar completamente las orientaciones que comenzaba a dar con vistas al Concilio y para el Concilio. Estos son hechos sobre los que, me parece, podemos también apoyarnos."
Del diario de Divo Barsotti
Divo Barsotti fue un sacerdote italiano. Su figura, de la cual trazó un excelente perfil Sandro Magister hace unos años en su columna en "Espresso", no acepta fáciles encasillamientos. No se lo puede definir ni de "izquierda" ni de "derecha". Rechazado por el "establishment" teológico debido a su ausencia de títulos, tuvo un fuerte influjo espiritual en Italia que se materializó la comunidad de monjes por el fundada.
Traduzco parte de su diario, que me parece tiene más de una reflexión interesante.
"Me indigna el comportamiento de los teólogos. Creeré en ellos cuando los veré verdaderamente quemarse, consumidos del celo por la salvación del mundo, que no comen, que no beben, que no duermen obsesionados del pecado o, si no se debe creer en el pecado, implicados hasta desfallecer en el servicio de Dios. Todo el resto es retórica.Se pasa de un triunfalismo al otro, y todo es lo mismo. Una verdad que sirve al orgullo de quien la proclama y cree defenderla es una verdad enloquecida. Solo la santidad salva a la Iglesia, salva la verdad, una santidad que no opone verdad a verdad, porque su humildad le impide de sentir que la verdad que lleva sea "toda" la verdad, porque su amor excluye la contraposición.Solo los santos salvan al mundo y a la Iglesia. Y los santos ¿dónde están? Nadie parece creer en ellos.El diálogo con el mundo es esencial a la Iglesia porque allí cumple su misión, pero el diálogo supone su separación, y es justamente esta separación que el mundo no quiere y que pesa también a la Iglesia.¡Que el diálogo no sea un pretexto para insertarse en el mundo, un tentativo de escapar a la propia soledad! La Iglesia no puede hacer nada: todo tentativo fallará, pero si ella no puede comprometer su santidad, en su tentativo puede comprometer la eficacia de su misión.Todos hablan de un mundo que cambia, todos están como obsesionados por la tarea de renovar el cristianismo, para que pueda seguir el paso del camino de la historia. ¿Pero que cosa cambia realmente?Los cambios que se quieren buscar por si mismos no son otra cosa que substituir al amor y a la verdadera búsqueda y por eso no serán nunca suficientes, sino que demostrarán su ineficiencia. Ninguno sabe con anterioridad los caminos, los métodos, las formas, es el amor verdadero el que las descubre y es el amor el que las crea.Estamos solos. Cada vez más la palabra, el lenguaje se vuelve incomprensible. Se habla un lenguaje nuevo. No solo es difícil el encuentro entre creyentes y no creyentes, sino que al interno mismo de una comunidad de fe nos sentimos solos, incapaces de comunicar.Se dice que el mundo se volvió mayor de edad. Nos viene la duda si no ha alcanzado todavía la edad de la razón. Quizás solo esta decrépito, ha perdido la memoria. No es Dios quien es inaccesible al hombre. Dios pidiéndonos la fe nos pide algo de verdad. Solo en la fe el hombre se proporciona realmente a Dios. Es justamente por esto que Dios solo nos puede dar la fe. La ascesis, incluso la más rigurosa es una cosa humana, pero la fe no.Como el Padre no está sin el Hijo, así el Cristo no esta sin la Virgen Esposa, la Iglesia, cada alma. El misterio de la Encarnación es al corazón de la Realidad, es el corazón mismo de la Realidad. Sin este misterio en la separación de Dios del hombre, Dios se vuelve todo incognoscible y el hombre se precipita en el dolor.Cuando reencuentro mi vocación entonces siento que son cercanos San Tijón, San Serafino de Sarov y entre los occidentales en Ruysbroeck. No me interesa ser teólogo, -todo es mentira si no doy testimonio. Cada uno se realiza solo en la medida en la cual da testimonio de Dios, del Reino. En la medida que no somos santos, estamos perdidos.Vida simple, humilde, alegre en la presencia de Dios. Yo daría todo el amor, lo dejaría todo caer por un solo dogma -incluso por el dogma del infierno. El infierno es infinitamente más grande, más maravilloso de todo el amor al prójimo, si en el amor al prójimo no es Dios mismo que ama.El amor del prójimo en el cristianismo es señal del amor de Dios. El amor al prójimo vale en cuanto revela Dios, la hace presente en el mundo."
viernes, 14 de septiembre de 2012
La libertad religiosa desde el "Syllabus"
Publico un texto del historiador y profesor de Lovaina (¡Ay Lovaina!) Roger Aubert. Es del año 1967 y una clara defensa de la Dignitatis humanae. Más allá de que algunos puntos me parece que merecerían una mayor definición (o, al menos de parte mía una mayor reflexión), me parece argumentativamente interesante para debatir.
León XIII auxiliado por su filosofía tomista, de inspiración aristotélica, elabora lo que podría llamarse una teología del Estado y de la sociedad civil, cuya propia consistencia reconoce en el orden, lo cual es muy iportante para plantear en términos correctos el problema de las libertades modernas en el plano civil.Estas ideas fueron madurando poco a poco bajo Pío XI y Pío XII. El primero introducía notoriamente la importante distinción entre la libertad de conciencia - es decir, la independencia de la conciencia con relación a Dio- condenada, y la libertad de las conciencias -es decir, los derechos subjetivos de los individuos-, reivindicada, al contrario, por la Iglesia frene al Estado totalitario. El segundo dio un paso más en ciertos mensajes de Navidad del tiempo de guerra y sobre todo en su celebre discurso a los juristas católicos, partiendo de la constatación innegable de que en un mundo en el que el catolicismo aparece cada días más como minoritario y definitivamente minoritario (el pusillus grex predicho por Cristo en el Evangelio), reconocía que la hipótesis ha venido a ser la situación normal, la única que ha de considerarse concretamente en nuestros días.Poco a poco, sin embargo, y a medida que la visión teológica del hombre y de la sociedad se renovaba al contacto a la vez de la Biblia y de la filosofía moderna, ciertos teólogos empezaron a entrever que un nuevo progreso se imponía, que la distinción entre la tesis y la hipótesis no era más que una escapatoria muy discutible, que dejaba abierto el fondo del problema y que la tesis misma tenía que ser repensada; la tesis, que, como sugería hace tiempo el padre Congar, no es quizás otra cosa que la sistematización de la hipótesis de la Edad Media. Algunos investigadores valientes emprendieron, pues sobre todo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la tarea de elaborar una teología de la libertad religiosa, que presentaría a ésta no como una tolerancia o un mal menor, sino como un auténtico derecho del hombre que hay que reconocer en nombre mismo de los principios cristianos. La tarea era delicada, pero los argumentos positivos no faltaban. Había con todo, un obstáculo aparentemente serio: las tomas de posición de los papas del siglo XIX (concretamente la encíclica Mirari Vos de Gregorio XVI y el Syllabus de Pío IX) no habían cerrado definitivamente el camino para una búsqueda de este género, condenando de derecho las libertades modernas, la libertad de culto en particular, no dejando como única escapatoria más que la solución de la hipótesis, o de la tolerancia del mal menor. Muchos lo entendieron así. Pero es aquí donde los historiadores han podido aportar una modesta ayuda a los teólogos.El examen del contexto histórico en el cual estos documentos han sido elaborados permite, en efecto, comprender mejor su verdadera perspectiva y por tanto su verdadera trascendencia permanente. Las afirmaciones cortantes y rotundas de los documentos pontificios se situan en el plano objetivo. Lo que Gregorio XVI, Pío IX y León XIII quisieron afirmar esencialmente y en primer lugar, es que no hay más que una sola y verdadera religión, la religión querida por Dios, y que los hombres no tienen desde entonces ningún derecho objetivo a escoger otra a su antojo; en otros términos, que no son libres en relación con Dios. Y porque tenían la impresión de que estas verdades estaban en peligro por el sistema de las libertades modernas tal como eran presentadas habitualmente en su tiempo, se creyeron obligados a reaccionar tan vivamente. En una palabra, el contexto histórico muestra que lo que se apuntaba directamente con los documentos pontificios en cuestión es el punto de vista racionalista, que pretende hacer de la razón humana individual el árbitro supremo de derecho en materia de religión, como si Dios no hubiese revelado nada preciso a este respecto. Este origen racionalista de la concepción de la libertad religiosa no podía sino ser denunciado por los papas, y la Iglesia continuará rechazándola siempre. Pero se trata de esta concepción racionalista y naturalista y no de otra concepción de la libertad religiosa, que se deduciría de otros principios distintos, tales como la libertad del acto de fe o la obligación para la conciencia de seguir lo que le parece verdadero y justo. Lo que ha sido condenado por los papas del siglo XIX, por encima de una determinada organización liberal de la sociedad cuyas fuentes de inspiración y cuyas manifestaciones concretas aparecen como incompatibles con la doctrina de la Iglesia, es ante todo un relativismo y un indiferentismo teórico, que niegan los derechos de Dios sobre el hombre, mucho más que in indiferentismo práctico que se limita a pedir que se respete la personalidad libre incluso cuando se equivoca.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Acerca de la kénosis
Un tema transversal a la teología moderna católica, protestante y ortodoxa es el de la kénosis. La palabra parece encontrarse en el himno de la carta de San Pablo a los Filipenses.
"El que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
al contrario se anonadó a si mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres". (Flp 2,6-7).
El texto es de la traducción de "El libro del Pueblo de Dios". La supuesta palabra kénosis es traducida como se anonadó. Para algunos teólogos anonadarse es "hacerse nada". Cristo al encarnarse se vació de su divinidad y de esta manera se alejó verdaderamente del Padre.
Lejos de ser inofensiva, esta concepción tiene consecuencias formidables (consecuencias que por otro lado han ido apareciendo en distintos autores). En primer lugar se pone en entredicho la inmutabilidad divina. El Dios - Ser pasa a ser una inserción griega totalmente alejada de la teología bíblica. El Dios de San Pablo, en cambio, tiene la capacidad de despojarse de su condición divina. El cambio se produce al interno de la Trinidad. ¿Por que como esta no iba a ser afectada después de la Encarnación y Muerte de la Segunda Persona?
La segunda consecuencia es que la Segunda Persona de la Trinidad, al encarnase, dejó de ser Dios para ser solo hombre. Cristo experimenta su naturaleza humana como un hombre que se entiende con Dios. "Al restringirse Dios en su visión nos dilata a nosotros los hombres con nuestra fe" dirá un teólogo contemporáneo. Resultado: nada hay de la visión beatífica en Cristo de la que hablaba Santo Tomás.
Este alejamiento y abandono de la Segunda Persona tuvo su momento culminante en la cruz, cuando Jesús dirá "Dios mio, Dios mio, porque me has abandonado", y en el descenso a los infiernos. El cual, no será para proclamar la victoria de Dios, como siempre lo ha dicho la tradición sino para sufrir el castigo de los condenados.
Pero volvamos al principio. ¿Que quiere decir kénosis?
La respuesta nos la da el biblista español Jordi Sánchez Bosch, uno de los mayores especialistas en la teología paulina.
Dice el teólogo catalán:
El verbo κενόω, significa "vaciar" y ἑαυτὸν ἐκένωσεν literalmente significa "se vació a sí mismo", sólo falta saber de qué. Alguno en la antigüedad entendió que se había vaciado realmente de su divinidad (es decir: que era un Dios "de quita y pon"). Otros más modernos no creen en la divinidad de Cristo, pero igualmente insisten en que se vació de ella (lo cual es más difícil). De todos modos, resulta que κενόω ἑαυτὸν en griego es una frase hecha y no implica "vaciado" de sustancia, sino simplemente la idea de "inhibirse", "no hacerse valer", "renunciar a los honores". (...) Por eso la traducción más correcta sería "se despojo de su grandeza". (J. Sánchez Bosch, Maestro de los pueblos, 2007, 183).
Ya lo dice el dicho: "Traduttore, traditore!".
jueves, 6 de septiembre de 2012
El Cielo y el Infierno de Malick
Entonces hubo hambre en aquella región y Abrám bajó a Egipto para establecerse allí por un tiempo, porque el hambre acosaba al país. Cuando estaba por llegar a Egipto, dijo a Sarai, su mujer: "Yo sé que eres una mujer hermosa. Por eso los egipcios, apenas te vean, dirán: 'Es su mujer' y me matarán, mientras que a ti te dejarán con vida. Por favor, di que eres mi hermana. Así yo seré bien tratado en atención a ti, y gracias a ti, salvaré mi vida".Cuando Abrám llegó a Egipto, los egipcios vieron que su mujer era muy hermosa, y los oficiales de la corte, que también la vieron, la elogiaron ante el Faraón. Entonces fue llevada al Faraón. En atención a ella Abrám fue tratado deferentemente y llegó a tener ovejas, vacas, asnos, esclavos, sirvientas, asnas y camellos.Pero el Señor infligió grandes males al Faraón y a su gente, por causa de Sarai, la esposa de Abrám. El Faraón llamó a Abrám y le dijo: '¿Qué me has hecho? ¿Por qué no me dijiste que era tu mujer? ¿Por que dijiste que era tu hermana, dando lugar a que yo la tomara por esposa? Ahí tienes a tu mujer tómala y vete'. Después el Faraón dio órdenes a sus hombres acerca de Abrám y ellos lo hicieron salir junto con su mujer y todos sus bienes. (Gn 12,10-20).
Mientras espero la última película de Terrence Malick, la multicriticada To the wonder, vi Days of Heaven, la segunda del director tejano antes que se sumiera en el silencio por 20 años.
Bill y Abby son una joven pareja que vive en el Chicago de la segunda
década del siglo XX. En busca de una oportunidad de mejorar, los dos
jóvenes se marchan junto a Linda, la hermana de Bill, a Texas, donde
trabajarán recogiendo cereal en una granja. Allí, el patrón se enamorará de Abby, a la que pedirá que permanezca en su propiedad después
de la siega. Bill, que sabe que el dueño de la granja está mortalmente enfermo y ve la oportunidad de salir de la pobreza, le pedirá a Abby que acepte, aunque poniendo una condición: que se queden
con ella él y Linda, a los que el granjero considera hermanos de
la joven. Poco después, llevado por la atracción que siente por la
chica, el dueño de la plantación terminará casándose con Abby. Sin
embargo, pronto surgirán los celos en el marido. La demasiado íntima
relación de su mujer con Bill levantará las sospechas del esposo sobre
el verdadero vínculo que une a los supuestos hermanos. La tensión llega a
ser tal que Bill decide marcharse durante un tiempo. Sin embargo, a su
regreso, la tirantez entre ambos vuelve a avivarse. En ese momento, en el que esta comenzando una nueva cosecha (Malick muestra en una increible escena la germinación del cereal) la plantación es invadida por una plaga de langostas. El granjero terminará por decidir quemar la plantación y matar a Bill. Sin
embargo, tras una lucha entre ambos, el dueño de la finca será el que
perderá la vida. A partir de ese momento, Bill, Abby y Linda emprenderán
su huida por un río. La policía finalmente mata a Bill. Abby y Linda tendrán entonces que volver, solas y separadas, al infierno del que habían escapado.
Ya se puede ver las innumerables referencias bíblicas que Malick retrata en la película. Agreguemos el relato apocalíptico de Linda cuando llegan al campo, la absurda puerta estrecha de la plantación, el retrato sacado del "El Ángelus" de Millet, incluso la imágen del granjero arrancando las espigas y frotándola entre las manos para comerlas (Lc 6,1).
Sin embargo, Malick quiere contar otra historia. Aquí ni Bill-Abrám renuncia definitivamente a su mujer por la prosperidad, ni el Granjero-Faraón devuelve lo que no es suyo al saber que ha sido engañado. Uno lucha contra el otro para terminar por destruir el mismo paraíso que habían buscado.
No deberíamos buscar fábulas morales en la historia. La película trata sobre, como dirá Linda, "el bien y el mal que viven dentro de cada hombre" y "nunca hubo un hombre perfecto".
En lo técnico Days of Heaven muestra a un Malick más cercano al que aparecería 20 años después que al de Badlands, su antecesora. La fotografía de Néstor Almendros es maravillosa. Lo mismo la reconstrucción de época. El punto fuerte del film, como en todos los de Malick son las imágenes. Porque al final el cine se hace de ellas.
Ya se puede ver las innumerables referencias bíblicas que Malick retrata en la película. Agreguemos el relato apocalíptico de Linda cuando llegan al campo, la absurda puerta estrecha de la plantación, el retrato sacado del "El Ángelus" de Millet, incluso la imágen del granjero arrancando las espigas y frotándola entre las manos para comerlas (Lc 6,1).
Sin embargo, Malick quiere contar otra historia. Aquí ni Bill-Abrám renuncia definitivamente a su mujer por la prosperidad, ni el Granjero-Faraón devuelve lo que no es suyo al saber que ha sido engañado. Uno lucha contra el otro para terminar por destruir el mismo paraíso que habían buscado.
No deberíamos buscar fábulas morales en la historia. La película trata sobre, como dirá Linda, "el bien y el mal que viven dentro de cada hombre" y "nunca hubo un hombre perfecto".
En lo técnico Days of Heaven muestra a un Malick más cercano al que aparecería 20 años después que al de Badlands, su antecesora. La fotografía de Néstor Almendros es maravillosa. Lo mismo la reconstrucción de época. El punto fuerte del film, como en todos los de Malick son las imágenes. Porque al final el cine se hace de ellas.
sábado, 1 de septiembre de 2012
La conferencia del Cardenal Ratzinger en Palermo (IX y Final)
Demos una mirada a los escritos paulinos. Pablo, observando la alegría casi infantil que la comunidad de Corinto experimenta por los dones del Espíritu, advierte los peligros que ya se presentan en un grupo donde cada uno trata de abrumar al otro y la atención siempre se dirige más a los elementos exteriores. Pablo, en cambio, afirma que solo un don es importante: aquel del amor. Sin esto todo el resto es nada. Pero el amor se demuestra en la unidad y es el exacto contrario del ánimo sectario. Se manifiesta en el construir y soportar juntos. Quien edifica es el Espíritu Santo. Donde ocurren las laceraciones, se alimenta la hostilidad y la envidia, no está el Espíritu Santo. Un conocimiento sin amor, no viene de Él. Aquí el pensamiento de Pablo se encuentra con el de Juan, para quien el amor se manifiesta en la permanencia. En definitiva la doctrina paolina del Cuerpo de Cristo dice lo mismo.
Pero también en otro punto Pablo y Juan convergen sustancialmente. Juan califica al Espíritu como el "Paráclito" que significa abogado, salvador, defensor, consolador. El se pone contra el diablo, que es el "acusador", el calumniador: "el acusador de nuestros hermanos, aquel que los acusaba delante a nuestro Dios día y noche" (Ap 12,10). El Espíritu es el "si" como lo es Cristo. Se entiende ahora el fuerte acento que pone Pablo sobre la alegría. El Espíritu, podemos decir, es el Espíritu de la alegría del Evangelio. Una de las reglas fundamentales para el discernimiento de los espíritus podría ser la siguiente: donde falta la alegría, donde no hay más humor, no esta tampoco el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo. Y viceversa: la alegría es un signo de la gracia. Quien tiene profunda serenidad, ha sufrido pero no por esto ha perdido la alegría. Ese no está lejos del Dios del Evangelio, del Espíritu de Dios que es el Espíritu de la alegría eterna.
La conferencia del Cardenal Ratzinger en Palermo (VIII)
Siguiendo con el texto de Ratzinger, una muy interesante reflexión sobre la Trinidad.
Analizemos algunos de estos textos. En el Evangelio de Juan, Judas Tadeo hace al Señor una pregunta que todos, de una manera u otra nos hemos puesto. Entendió de las palabras del Señor que él se manifestará en la condición de Resucitado solo a los discípulos. Por eso se pregunta "Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?". La respuesta de Jesús parece eludir el interrogativo. "Si uno me ama será fiel a mi palabra y mi Padre lo amará y nosotros vendremos a él y moraremos en él". En verdad, es justo esta la respuesta que debe ser dada a la pregunta del discípulo y al problema que nosotros nos ponemos con respecto al Espíritu. Nosotros no podemos indicar al Espíritu de Dios así como se indica una mercadería. Lo puede ver solo quien lo lleva dentro de si mismo. Aquí ver , venir y habitar son inseparables una de la otra. El Espíritu Santo habita en la palabra de Jesús, pero esta palabra no se la obtiene mediante un simple discurrir sino observando aquella que ella impone y realizándolo en la propia vida. Él vive en la vida vivida, porque es la vida de la Palabra. La Iglesia antigua ha profundizado esta idea relacionándola con el Salmo 67, que ha leído como un himno sobre la ascensión de Cristo, y sobre la misión del Espíritu Santo. En tal contexto, la ascensión de Moisés que el Antiguo Testamento nos describe, es considerada una imagen del advenimiento de Pentecostés. Moisés no subió solo de modo exterior, sino también espiritualmente. Él se expuso a la soledad con Dios. Justamente, porque elevado en alto en medio de las nubes del cielo y en presencia de Dios fue en grado de llevar a los hombres el Espíritu en forma de palabra que guía. El Espíritu es el fruto de su ascensión, de su soledad. Visto a la luz del Nuevo Testamento, esta vía de Moisés como también su don del Espíritu, la Palabra de la Ley, es una sombra y prefiguración de lo que debía ocurrir en Jesús. Y Jesús realmente lleva al hombre, a nuestra carne, a la comunión con Dios, la levanta hasta su presencia a través de las nubes de la muerte. De esta ascensión deriva el Espíritu: el soplo de la victoria de Jesús, el fruto de su amor, de su cruz. Tratemos de penetrar este misterio íntimo de Dios. El Padre y el Hijo son el movimiento de puro don, de pura y recíproca entrega. En este movimiento ellos son fecundos y su fecundidad es su unidad, el pleno ser-uno, sin algún detrimento o confusión. Para nosotros hombres, donar, entregarse, significa siempre crucificarse. El misterio trinitario se traduce en el mundo en el evento de la cruz: de esta fecundidad fluye el Espíritu.
Juan pone el acento en el hecho que la actividad propia del Espíritu en la historia es la de "recordar". El Espíritu Santo no habla de si mismo, sino de Jesús. Por esto se reconoce en la fidelidad a la Palabra dada. Aquí Juan elabora una doctrina del Espíritu en estrecho paralelismo con la Cristología. También Cristo es caracterizado por el hecho de que puede decir: mi doctrina no es mía. Este desinterés, este estar-no-por-si-mismo constituye también su validación de frente al mundo. Viceversa, el Anticristo puede ser conocido por el hecho de que habla en nombre propio. Lo mismo vale para el Espíritu Santo: se demuestra Espíritu Trinitario, Espíritu de Dios Uno-Tripersonal, porque no aparece como un Yo separado y separable sino que desaparece en el Hijo y el Padre. La imposibilidad de desarrollar una pneumatología especial deriva de la naturaleza de este Espíritu. Juan formuló estos conceptos para resolver la controversia, en esos tiempos muy candente, sobre aquello que es y que no es el Espíritu. Los grandes jefes de la gnósis ejercitaban una gran influencia porque hablaban en nombre propio, proponiendo algo nuevo y distinto de aquello anunciado por la Palabra, como por ejemplo que en realidad Jesús no había muerto sino que continuaba con sus discípulos, mientras que los hombres pensaban que había sido crucificado. Contra estas novedades gnósticas, contra este discurrir en nombre propio, el Evangelista del cuarto Evangelio ha creado una figura gramatical específica, llamada el Nosotros eclesial: El Evangelista no habla del Yo, sino que se sumerge en el Nosotros de la Iglesia creyente y encuentra su verdadero yo en la comunión de la fe. Encontramos el mismo modelo en las cartas joánicas: el autor se llama simplemente el presbítero, su antagonista es "el seductor", "proagon" que va adelante (2 Jn 9). Todo el evangelio de Juan (como el resto de las cartas) no se entiende como otra cosa que un acto de recordar. Esto es fecundo, nuevo, profundo, porque no busca nuevos sistemas sino que abre y profundiza la memoria. La sustancia del Espíritu Santo, como unidad entre el Padre y el Hijo, esta en este altruismo de recordar, que después es la verdadera renovación. La Iglesia pneumática es la Iglesia que en el recuerdo comprende más profundamente la palabra y así la vive en forma más vital y rica. El verdadero desinterés, el prescindir de si pera sumergirse en el conjunto, es la connotación de un espíritu que refleja su modelo trinitario.
jueves, 30 de agosto de 2012
La conferencia del Cardenal Ratzinger en Palermo (VII)
Retomo la conferencia del cardenal Ratzinger a palermo que tuve que dejar por trabajo...
"Pero surge también otra pregunta: a través de la oración Jesús se comunica incesantemente con Dios: su existencia se funda sobre la oración. Si no rezara, Jesús sería distinto de aquello que efectivamente es. ¿Pero sería también distinto el Padre en el caso en que no viniese interpelado de esta forma? Debemos responder que el Padre puede prescindir del Hijo, así como Jesús no puede prescindir del Padre. Si esta relación el Padre no sería más Padre. Jesús no lo toca son desde lo exterior sino que entra, como Hijo, en la misma paternidad de Dios. Antes de que el mundo fuese creado, Dios es ya el Amor entre Padre e Hijo. Por tal razón él puede ser Padre nuestro y norma de toda paternidad: porque desde siempre el es Padre. En la oración de Jesús se hace visible el aspecto más íntimo de Dios, el modo en el que él es Dios mismo. La fe en el Dios Trino y Único no es otra que la explicación de aquello que sucede en la oración de Jesús. En esta su oración se deja ver la realidad trinitaria. Pero ¿Por qué trinitaria? ¿De donde viene el Tercero cuando siempre hemos hablado del Padre y del Hijo? Me limito a algunos puntos. Diremos primero que no existe una pura dualidad, porque o queda una contraposición, y entonces no se alcanza una unidad real, o ambos se funden, y entonces desaparece la dualidad. Pero tratemos de proceder en forma menos abstracta. Padre e Hijo no se unifican hasta el punto de disolverse uno en el otro. Quedan contrapuestos, porque el amor se funde en la contraposición que no puede ser eliminada. Si alguno queda en si mismo y no se supera en el otro, su ser no queda cerrado sino que sale en la fecundidad en la cual se dona a otro, aunque siga siendo aquello que es. Entre ambos son una única cosa porque su amor es fecundo y lo trasciende. Y son ellos mismos y una única cosa en el Tercero, en el cual se donan: en el don, en el Espíritu Santo.
Hagamos un paso hacia atrás. En la oración de Jesús el Padre se muestra. Jesús es conocido como Hijo y así se vuelve perceptible en una unidad que es Uno-Trina. En esta perspectiva ser cristiano significa participar a la oración de Jesús, aceptar su modo de vivir y su modo de rezar. Ser cristiano significa, junto a Él dialogar con el Padre y devenir así hijos de Dios, unidos con Dios en la unidad del Espíritu que nos permite de ser aquello que somos y que de esta manera nos insertamos en la unidad de Dios. Ser cristiano significa observar el mundo desde este centro y así transformarnos en hombres libres, plenos de esperanza, de consolación y de confianza.
El diálogo de Jesús nos hace ver al Padre, nos hace ver el misterio, que Dios es amor. Dios puede amarnos a nosotros, sus creaturas, porque es amor en si mismo, un Yo y un Tu, y la unidad del Yo y del Tu por amor, Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el Hijo vemos al Padre, en el Hijo vemos también al Espíritu Santo. No es posible distinguir al Espíritu prescindiendo del Hijo, sino solo sumergiéndose en El. Cuando más nos acercamos a Jesús, tanto más nos acercamos al Espíritu y el Espíritu se acerca a nosotros. San Juan lo dice con una imagen elocuente, cuando describe la primera aparición de Resucitado a los Once: El Espíritu es el respiro del Hijo y lo recibe cuando nos acercamos al Hijo y recibimos su hálito (Jn 20,19-23).
Aquí resuenan algunos conceptos que los Padres elaboraron en su reflexión sobre la naturaleza del Espíritu Santo: en forma distinta que para el "Padre" y el "Hijo" el nombre de la tercera Persona divina no expresa nada de específico, sino que nombra aquello que es común a Dios. ¡Pero es así que emerge aquello que es propio de la tercera Persona! La comunión, la unidad entre el Padre y el Hijo, la unidad en las personas. Padre e Hijo son una única cosa en cuanto que van más allá de si mismos: son un Uno en el Tercero, en la fecundidad de donarse.
Obviamente estas afirmaciones no pueden ser otra cosa que rápidos golpes de sonda en la realidad divina.: Nosotros solo podemos conocer al Espíritu Santo solo en los efectos que produce. Así la Escritura no nos describe nunca al Espíritu Santo por aquello que en si mismo es, sino que habla del modo en que viene a nosotros y de como se distingue de todos los otros espíritus.
jueves, 2 de agosto de 2012
Fragmento espiritual
Ésta es la daga que pone siempre en fuga al diablo. ¿Has pecado? Entra en la Iglesia y cancela tu pecado. Cuantas veces caigas en la plaza, tantas te has de levantar. Del mismo modo, cuantas veces peques, conviértete del pecado. No te desesperes si pecas otra vez, conviértete de nuevo, no sea que por negligencia pierdas completamente la esperanza de los bienes prometidos. Aunque te encontrases en la última vejez, si pecases, entre y conviértete. Pues la Iglesia es un hospital, no un juzgado; no se te exige rendir cuentas de los pecados, sino que se te procura la remisión de los pecados. Di "Contra ti sólo pequé y cometí el mal ante ti" (Sal 50,6) y te será perdonada la culpa. (De las Homilías de San Juan Crisóstomo)
martes, 17 de julio de 2012
Algunas observaciones a “Iota unum” de Romano Amerio (I)
Comparto un muy interesante artículo aparecido en el sitio www.feyrazon.org, de monseñor Miguel Antonio Barriola, sacerdote uruguayo, miembro de la PCB y profesor al seminario de La Plata
1 – Para el “Año de la fe”
Este año (desde 11/XI/2012 hasta 24/X/2013) promete
ser muy fructuoso y renovador, ya que se propone, según el “Motu
Proprio” de Benedicto XVI, celebrar el quincuagésimo aniversario
del Concilio Vaticano II y el vigésimo de uno de sus frutos más
acabados: el Catecismo de la Iglesia Católica (1).
Ahora bien, nadie ignora las convulsiones de todo
tipo que se siguieron a las sesiones de dicha magna asamblea, que
reunió al entero episcopado católico. Hay quien ve a todo lo
anterior como definitivamente superado, por un lado, y quien, por el
otro, lamenta el tembladeral a que ha sido sometida la más auténtica
tradición de la Iglesia. Representa la primera tendencia la “Escuela
de Bologna”, bajo la guía de G. Alberigo, mientras que la segunda
tiene en los “lefebvristas” a sus más conocidos adalides.
Si bien no puede ser tachado de cerrado
conservadurismo, y sintiéndome de acuerdo en muchas de sus críticas
al desarrollo postconciliar, con todo, creo que se merecen más de un
reparo las tomas de posición de un autor que no ha sido muy
publicitado, pero que últimamente está tomando cierta mayor
notoriedad. Me refiero a Romano Amerio (2).
2 – Iota unum
De entrada parece emblemático el título mismo
escogido por el autor en cuestión para su nutrido análisis crítico
de la situación eclesial posterior al Vaticano II: Iota unum -
Estudio sobre las variaciones de la Iglesia católica
en el siglo XX (3). Porque, ya desde el mismo frontispicio,
contrapone lo que (según él) el mismo Cristo ha declarado inmutable
(“Ni una <iota> pasará de la ley”: Mt 5,18) y las
“traiciones <variantes>” que contra tal principio estaría
cometiendo la Iglesia católica después del último concilio
ecuménico.
Ahora bien, en el mismo “Sermón del monte” (4)
es claro cuánto y hasta qué punto Jesús “cambió” el sentido
de la antigua ley, profundizándolo hacia el interior del corazón y
hasta “variando” notablemente sus prescripciones. Baste dar una
ojeada a sus “oposiciones”: “Habéis oído… pero yo os
digo” (Mt 5,21-48).
¿En qué quedamos? se podría preguntar
cándidamente. ¿No se cambia nada –“ni una iota”– o es
posible aceptar modificaciones que corrigen a la misma ley de Moisés
(ibid.: 5,31-32.38-42.43-48)?
Orientando la respuesta, hemos de recordar qué era
el Antiguo Testamento respecto al Nuevo y qué las disposiciones
temporarias y preparatorias de la primera alianza respecto a la
última y definitiva. La ley y los profetas estaban en movimiento,
eran rudimentarias en más de un aspecto en relación a la
disposición final, que tendría su culminación en Jesucristo.
Si nos guiáramos por los supuestos que parecen
estar subyacentes en la hermenéutica de Amerio, tendríamos los
cristianos que ofrecer todavía holocaustos de bueyes y terneros,
establecidos por la ley de Dios a su pueblo elegido. Pero, además de
ese punto cultual…, ¿no cambió también, y hasta qué punto, la
obligación “divina” de circuncidar a todo hijo varón, la
celebración del “shabbat” por la “kyriaké heméra”
y tantos otros aspectos?
“El educador religioso que transformase en
hombre santo un niño santo no habría <destruido> su
personalidad, sino que le habría <dado plenitud> (la
destruiría, por el contrario, quien se empeñase en mantenerlo niño
toda la vida). El Evangelio significa la mayor edad de la Ley (la
comparación es sugerida por San Pablo; Gal 4,1ss.). Estas palabras
de Jesús en el <Sermòn de la Montaña> nos dicen ahora
a los cristianos que la grandeza del hombre en orden al Reino de los
cielos está vinculada a la fidelidad hasta en los mínimos detalles,
a la <Ley – plenitud>, que es de hecho
toda la Revelación o Palabra de Dios, hecha espíritu, vida e
<institución> en su Iglesia” (5).
A mi modesto entender, por lo tanto, y para mayor
precisión, habría que haber afinado más los matices ya desde el
comienzo, proponiendo un estudio que distinguiese entre “las
variaciones aceptables y las incorrectas” de la
Iglesia en el Siglo XX. Porque, es innegable (y en esto coincidimos
con Amerio), que ha habido garrafales, erróneas interpretaciones y
aplicaciones del etéreo “espíritu” del Concilio, tantas veces
contrario a su más que explícita “letra”, que nunca “mata”,
con tal que sea leída con una hermenéutica de continuidad y
progreso, en lugar de la rupturista (6). Pero no menos se sostendrá,
en lo sucesivo de este estudio, que también se han dado progresos
procurados por el Vaticano II, que han de ser bienvenidos y no
sumergidos en una espesa capa de silencio, especializándonos en
coleccionar sólo sus fallas.
Partiendo de la base que la de R. Amerio es una obra
muy seria, que comparto en sus muchas y variadas críticas (teología
de la liberación, feminismo, decadencia sacerdotal, etc.) así y
todo encuentro ciertas apreciaciones injustas, exageradas y hasta
preciosistas.
Manejo la edición italiana, lo cual podrá
dificultar la confrontación de mis comentarios con la traducción
castellana, pero espero que, el lector sabrá orientarse por los
datos que se brindan. Confieso igualmente que podría haberse
distribuido el material en secciones temáticas que unificaran mejor
los enfoques aquí ofrecidos. Pero se irá comentando aquellos
párrafos que me han suscitado más objeciones. De modo que reinará
un cierto desorden, pero que no afectará a la comprensión de la
revisión de Amerio que iré presentando.
Cap. 3, n° 34, p. 56: “Aquí se ve una sombra
de subjetivismo. En realidad no importa lo que la Iglesia piensa de
sí, cuanto más bien lo que ella es”.
Me pregunto si podremos llegar al “ser” sin
“pensar” en él. Y, si es verdad que hay pensamientos y
pensamientos y muchos no suelen coincidir con la verdad (“adaequatio
intellectus cum re”), un cristiano ha de suponer que el
“pensamiento de la Iglesia” sobre cualquier tema (Cristo, María,
la Iglesia misma) está asistido por el Espíritu Santo, como Jesús
prometió.
Admito, no menos, que muchas veces en la historia el
magisterio (pensamiento de la Iglesia) ha ido balbuceando en su
indagación de las verdades reveladas, pero hay una instancia
infalible, que se expresa por medio de ese mismo “pensamiento de la
Iglesia”, sobre “lo que es” la Trinidad, Cristo, los
sacramentos, la Iglesia, etc. Durante siglos, por ejemplo, grandes
doctores y santos “pensaron” que no debían admitir la Inmaculada
Concepción de María (San Bernardo, Santo Tomás, San Buenaventura),
hasta que fue definida por el Beato Pío IX, en 1854. En todos
aquellos siglos “el pensamiento de la Iglesia” anduvo fluctuante,
pero no fue menos “pensamiento de la Iglesia” (y no “Palabra de
Dios”, como la Biblia) la definición dogmática infalible. Estuvo
“asistido” por el Espíritu Santo, quien daba toda su certeza y
seguridad al “pensamiento de la Iglesia”.
Cap. 5, n° 49, p. 89: “También la
transposición semántica es un gran vehículo
de novedad. Así, por ejemplo, llamar operador pastoral
al párroco, Cena a la Misa, servicio
a la autoridad o toda función, autenticidad a
la naturaleza aunque sea deshonesta, arguye novedad en las cosas,
significadas antes con aquellos vocablos puestos en segundo lugar”.
Coincido en que es algo secularizante y oficinesco
el primero de los cambios apuntados. Pero, ¿qué de malo tiene
volver al significado original que se da en los Evangelios y I Cor
11,17-34 a la “Última Cena”?
Al respecto, parece que Amerio, innegablemente tan
erudito, no tiene noción de la obra clásica sobre la historia de la
liturgia eucarística, de Joseph Jungmann: Missarum Sollemnia
(Trad. Castellana: El Sacrificio de la Misa – Tratado
histórico-litúrgico, BAC, Madrid, 1951). De hecho
nunca acude a este autor. Ahora bien, cuando Jungmann enumera los
nombres que se han ido dando a la Eucaristía (ibid., 231 ss.) sigue
este orden: “Fracción del pan”, “Cena Dominical”,
“Eucaristía”, “Oblatio” , “Sacrificium”,
(continúa con 6 nombres orientales)… y finalmente “Missa”,
que significa “despedida”. Ahora bien, al respecto, comenta
Jungmann: “Difícil, sin embargo, por no decir imposible, nos
resulta el que haya prevalecido el nombre que indica una acción
contraria: la de separarse o dispersarse... Hoy no puede ponerse en
duda el que ésta sea la significación primitiva de la palabra
missa”.
Posteriormente se le brindaron significados más
altos: Bendición, Mesa. Pero, no me explico por qué insistir en un
término muy “tradicional”, qué duda cabe, pero que no ofrece la
riqueza que tenían otros anteriores.
Tradición no es solamente conservar lo que viene de
siglos pasados, porque también hubo sostenidas deformaciones a lo
largo de la historia, que desdibujaron la fuerza original de signos,
vocabulario, costumbres. Por ejemplo, fue inveterada costumbre de
siglos, celebrar la “Vigilia pascual” el sábado por la mañana,
cosa que significó una pérdida grande del sentido de esa
solemnísima ceremonia, por naturaleza “nocturna”. Y esto duró
siglos y siglos.
También: ¿qué de desaconsejable tiene el llamar
“servicio” a la autoridad, cuando quien detenta la potestad
máxima en la Iglesia suele designarse a sí mismo: “servus
servorum Dei”? ¿Y no nos repitió una y mil veces Cristo, que
no vino a “ser servido sino a servir”? Creo yo, al
contrario, que es un logro muy de celebrar, una muy apta llamada de
atención a más de un clérigo (diácono, sacerdote, obispo), que
mucho se han valido de sus prerrogativas, más para aprovecharse de
ellas, que para ponerlas al servicio de sus ovejas.
En cuanto a censurar el uso de “autenticidad”
también para naturalezas deshonestas, Amerio tendría que aducir
textos, porque me parece que afirma demasiado.
En el párrafo siguiente (al ya citado nº 49),
sostiene: “El neologismo, por lo común
filológicamente monstruoso, a veces está destinado a significar
ideas nuevas (por ejemplo, concientizar) (7),
pero más frecuentemente nace del ansia por lo nuevo, como se ve al
decir presbítero en lugar de prete
(8), diaconía en lugar de servicio
o eucaristía en lugar de Misa.
También en esta sustitución de neologismos a los términos antiguos
se esconde siempre, con todo, una variación de conceptos o por lo
menos una coloración diversa”.
Francamente, no veo tanto drama. Sobre “Cena” y
“Misa”, ya me expresé en lo tocante al párrafo anterior. En
cuanto a “concientizar” ¿qué hay de malo en el neologismo? Que
se pueda decir más castiza o itálicamente (“prendere
coscienza” o “tomar conciencia”), de acuerdo. Pero el
término nuevo nada tiene de torcido y se ha vuelto ya común.
¡Tantas palabras comenzaron en una época determinada, hasta que se
aclimataron en un idioma (bus, Power Point, etc…)! ¿Y qué hay de
desaconsejable en usar palabras empleadas por la misma Biblia:
“presbíteros”, “diaconía”? Y, que se den “coloraciones
diversas”, tampoco es contraproducente, con tal que sean genuinas y
concordes con la doctrina de la Iglesia. Realmente, no comprendo esta
reacción del autor en cuestión.
Sigue: “El más notable es el vocablo diálogo,
antes desconocido en la Iglesia. El Vaticano II, en cambio, lo empleó
28 veces y acuñó la fórmula celebérrima que indica el eje y la
comprensión primaria del Concilio: <diálogo con el
mundo> (GS, 43) y <mutuo diálogo entre
Iglesia y mundo>”.
Pero… también hasta el siglo IV era desconocido
en la Iglesia el término “homooúsios” (consusbstancial)
aplicado a Cristo en Nicea. En ningún pasaje del Nuevo Testamento se
aplica a María el título de “Madre de Dios”, que se le dio sólo
en el Concilio de Éfeso.
Con todo, es inexacto decir que antes no se usó la
palabra “diálogo”. ¿Se olvidó de San Justino (+ 165) y su
“Dialogus cum Triphone”?
Por todo esto, daría la impresión de que Amerio
entendiera por “tradición” lo que viene desde el Tridentino en
adelante, no siglos y siglos previos. Ahora bien, el Vaticano II ha
recuperado del lejano pasado ricas costumbres que habían quedado
sepultadas en épocas posteriores, como la concelebración, la
oración de los fieles en la Misa y tantas otras cosas.
Por otra parte, esto es un paso interesante, siempre
que no se entienda por “diálogo” su desfiguración en meras
relaciones de simpatía, encubriendo la propia verdad católica. Ya
sobre esto se expidió magníficamente Pablo VI en “Ecclesiam
Suam”, a la que, si bien recuerdo, nunca se refiere Amerio.
Además, si hemos de evangelizar a todas las gentes,
hemos de dialogar necesariamente con el mundo. Obviamente, sin
mimetizarnos con él; pero el cristiano ha de estar dispuesto a
terciar en intercambios con Kant, con Nietzsche y con quien sea. Ya
para refutar sus errores, ya para apreciar posibles aportes, como lo
hizo Tomás de Aquino con un pagano: Aristóteles.
En una nota (84, p. 90), a mi entender por demás quisquillosa, Amerio comenta: “Mutuo, en realidad aparece superfluo, ya que si habla solamente la Iglesia, no hay diálogo, sino monólogo”.
En primer lugar, debería indicar con mayor
precisión “dónde” se encuentra ese giro redundante (“diálogo
mutuo”), porque en el único número que cita de GS no aparece
semejante expresión. El pasaje que más se le acercaría, en dicho
lugar, reza así: “Procuren siempre hacerse luz mutuamente con
un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud
primordial por el bien común”. (Semper autem colloquio
sincero se invicem illuminare satagant, mutuam caritatem servantes et
boni communis imprimis solliciti).
Pero, además, ¿hay redundancia cuando se habla,
por ejemplo, de “convenio mutuo”? Porque, ya “cum-venire”
(=venir conjuntamente) supone que se trata de “dos”, que
coinciden “mutuamente”. ¿No solemos hablar de: “ambos a dos”
(9), sin censurar de “superfluidad”?
Termina su consideración al respecto, de este modo:
“Todo se vuelve diálogo y la verdad in facto esse se
diluye en su propio fieri como diálogo”
A lo que se me ocurre comentar que ciertas
distorsiones no merecen propiamente el nombre de diálogo, como ya lo
advirtió egregiamente Pablo VI en la encíclica arriba mencionada.
Por lo demás, la verdad en sí no logra ser captada
por todos de inmediato y se la ha de hacer asequible por medio de
intercambios de ideas, explicaciones, etc. Así, los primeros
misioneros en Alaska no podían predicar directamente a los
esquimales que debían hacerse “prudentes como serpientes”
(Mt 10,16), ya que por aquellos glaciares y hielos jamás reptaron
semejantes ofidios. Seguramente “dialogaron”, adaptándose a la
cultura de los iglúes, proponiendo que fueran “prudentes como las
focas”.
Notas
1) Porta Fidei
(2011), nº 4.
2) “Por decenios los únicos
católicos que han citado y valorizado la gran obra del filósofo de Lugano han
sido los sacerdotes y fieles ligados a los grupos así llamados
<tradicionalistas>, como, en particular, la Fraternidad Sacerdotal San
Pío X, fundada por Mons. Marcel Lefèbvre”. (M. D’Amico, “Romano Amerio, interprete della crisi della
teologia post-conciliare” en: AA.VV., Passione della Chiesa – Amerio ed altre
sentinelle, Bologna (2011) 30.
3) Iota unum, Milano / Napoli (1989). Es muy significativa la
explicación del subtítulo, que ofrece al final de toda la obra: “Nuestro libro se cierra volviendo a su
comienzo y retomando el motivo de sus primeros parágrafos: si el fenómeno
examinado es variación de fondo o de superficie, desarrollo o corrupción,
evolución o transmutación catastrófica. Bossuet en la célebre Histoire des
variations des Églises protestantes ponía
de relieve como síntoma de error la variabilidad y novedad de la doctrina…”
(nº 317, p. 591). La lectura de la obra lo deja a uno perplejo, ya que Amerio
pareciera endilgar a la Iglesia conciliar y postconciliar “variaciones” tales,
que habrían cambiado su esencia. No negaremos que en muchos de los paladines
postconciliares se ha llegado a semejantes excesos, muy compenetrados de ideas
protestantes. Pero no menos compartimos con los posibles lectores la sospecha
de que, para Amerio, también muchos en la Iglesia oficial (hasta Papas), han
dado pasos desviados.
4) ¿O “del llano”, según Lc 6,17? ¿Habría ya entre los mismos
evangelistas una “variación” y falta de respeto a la “tradición” genuina?
5) I. Gomá, El Evangelio según San Mateo, Madrid (1976) I, 261-262.
6) Benedicto XVI, Discurso a la
Curia Romana; 22/XII/2005. En: L’Osservatore Romano, Nº 52, ed.
Española: 30/XII/2005.
7) Se ve que le tiene especial inquina a esta palabra, ya que en el nº
263, p. 494, se referirá a ella como “sconcio
neologismo” (= neologismo asqueroso). Se ha de notar que el mismo Amerio no
se queda atrás con sus numerosos “neologismos”: neotérico, ipocorismo,
teotropico, circiterismo, filauzia, y un prolongado etc…
8) En castellano no tenemos equivalente a: “Prete” (italiano), “Prêtre”
(francés) o “Priester” (alemán).
9) “Ambedue” también en
italiano.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)






