domingo, 15 de diciembre de 2013

HACIA UNA KINESIOLOGÍA PASTORAL ORTOPÉDICA Y ORTOPRÁCTICA

El Padre Diego de Jesús y una muy interesante reflexión sobre sobre como afrontar la realidad pastoral.
El planteo sería más o menos así: el arte pastoral, la conducción espiritual —como tantas otras disciplinas— es una arte práctico, un trato continuo con realidades contingentes, volubles, llenas de accidentes, en su sentido más aristotélico. De allí que para ponderar la bondad o maldad de una acción pastoral lo crucial a medir es su oportunidad o inoportunidad, más que el “in se” químicamente puro. Se llama PRUDENTIA.

Para ejemplificar fuera del ámbito religioso, digamos que no tienen ningún sentido decir que el clonazepam es bueno o malo: es fantástico si soy epiléptico; me puede matar si tengo insuficiencia hepática o si lo mezclo con alcohol. Vale para la medicina, vale para la nutrición, vale para la política, la economía y para la educación en general. En este último ámbito es donde con más elocuencia se denota esto que decimos: tal o cual medida pedagógica es buena o mala según la situación del educando. Al arrogante hay que bajarlo de un hondazo, al pusilánime hay que remontarlo cual barrilete. Y quien invirtiera esto cometería una animalada tremenda, como un médico tratando de hipertensión a un hipotenso o un psiquiatra llenando de ansiolíticos a un depresivo. En mi barrio se llama MALAPRAXIS y se escribe todo junto.

Una característica de este arte, transversal a todas estas disciplinas, es que se trata por lo general de revertir un desvío. Y esto se suele lograr tironeando hacia su lado opuesto en procura del “justo medio” al decir griego (o el bendito contra-ágere ignaciano, si se quiere). Tiene mucho que ver con la kinesiología: tironear del cuello hacia el extremo opuesto de la tortícolis para que la testa quede mirando al frente.

Bien. Es en este preciso encuadre epistemológico-terapéutico que uno puede ponderar las posologías de una conducción pastoral. Salvo barbaridades obvias (como un médico recetando cicuta), por lo general es estéril debatir sin más si tal o cual expresión (de un libro, de una homilía, de un documento episcopal o papal) sea buena o mala “en sí”. Sería debatir sobre el clonazepam sin más; sin atención al paciente (individual o colectivo). Por eso es tan grave cuando falla la diagnosis (por errónea o por ausente, sin más) y se rocía desde una avioneta con un medicamento químicamente inobjetable, pero que no está claro si es el OPORTUNO para el paciente.

—Tal curita dijo el otro día “tal y cual cosa”: ¿eso está bien o no, es correcto o equivocado?
—La Conferencia Episcopal sacó un comunicado diciendo “biribiri” y he visto que algunos medios eclesiales saltaron: ¿qué tenía de malo lo que dijeron?

Me bombardean el año entero con estas preguntas. Por eso escribo esto: no se pregunten más “¿qué-tiene-de-malo?”, porque a veces —como decía Bloy— lo erróneo no son las respuestas sino las preguntas. Pregúntense qué tiene de bueno, qué tiene de oportuno, cuán eficaz pueda ser ante el mal concreto a contrarrestar. La pregunta crucial es si la maniobra kinesiológica realmente está pensada y ejecutada correctamente, en espejo con la contractura.

A veces uno tiene la sensación de estar viendo otra película, otra realidad que algunos curas, obispos, libros o lo que fuere (un poco como lo que ocurre en el ámbito civil de nuestro país, si se me permite la infeliz simetría). Y la sensación —confieso— es un poco onírica: algo así como imaginar a un padre chiflado, ante un hijo retrotraído, tímido, timorato, insistirle a voz en cuello que no debe acaparar las conversaciones (excelente consejo), que no debe procurar ser el centro de todo (magnífica máxima), que siempre busque los últimos puestos, el último lugar, como Cristo (encomiable exhortación evangélica)… pero, ay, ¡cuán INOPORTUNA para ese medroso chico! O una madre, ante una hija adolescente que ha perdido el pudor y que se viste con calzas ajustadas, le saliera a explicar los peligros de la conciencia escrupulosa, la errónea antropología del puritano, y como remate le espetara: ¡y cuidate m’ijita, de caer en la soberbia de las monjas de Port-Royal! Suena tan insólito como a un adolescente vago que no estudia alertarlo sobre los peligros del surmenage… qué sé yo.

Esa sensación tiene uno a veces ante algunas afirmaciones, inflexiones, acentuaciones que —insisto por octava vez— no son químicamente erróneas, pero resultan extrañas y hasta insólitas aplicadas al momento cultural/eclesial actual.

Contrasta con la modalidad del Pedagogo divino, el Espíritu Paráclito, que justamente —como tan bellamente le reza la Iglesia en la Secuencia— actúa así, por tironeo compensatorio: enfría lo muy caliente, calienta lo gélido, endurece lo muy chirle, elastiza lo rígido… Esa es la cintura imprescindible con la cual navegar el tan temible estrecho de Mesina, aprovechando que Escila y Caribdis, desde las costas opuestas, atacan y descansan de modo intercalado.

Ay del médico que trate por obesidad al anoréxico o por anorexia al obeso, porque a uno y otro matará. Si no fuera porque el asunto es realmente dramático, se presta a ese curioso humor de lo irracional y ridículo —al que me confieso proclive— e imaginar escenas pastorales —sermones, o consejos de confesionario— donde al mejor estilo Capusotto un cura demente le insistiera a un feligrés light, desfachatado, de moral laxa, indolente, displicente, despreocupado de todo Juicio divino: pará, pará, bajá un cambio; no tengas miedo; no pasa nada; sonríe que Dios te ama.

Si corren vientos culturales inmanentistas, urgirá predicar la trascendencia; si las doctrinas llamativas y extrañas devalúan la divinidad de Cristo y acentúan que ‘en su pueblo es un obrero como todos los demás’, urgirá predicar que es Dios, Dios, Dios. Si lo que hay en la atmósfera es un tufillo origenista, de amnistía divina sin juicio alguno y una socarrona sonrisa ante la voz “infierno” como un cuento para asustar a los niños, lo apremiante será avisar que de Dios nadie se burla ni escapa de su Juicio, del Día de su Ira.

Ciertamente, como el Cristianismo es intrínsecamente paradojal, y lo tensa todo por coincidentes opuestos desde ese centro paradojal de la Encarnación de Dios, es presumible que la historia entera del cristianismo sea un esfuerzo constante por retensar la cuerda que se aflojara y, cual experto funámbulo, tirar el cuerpo entero hacia el abismo opuesto al que me estoy por caer. No faltaron ni faltarán tiempos en que lo desdibujado sea la humanidad de Cristo, donde el puritanismo sea un peligro latente, donde un espíritu apocalíptico creyera estar por presenciar la parusía y hubiera que avisarle con letras grandes “nadie sabe el día ni la hora” y hubiera que prevenirlos del puritanismo, del docetismo, del pelagianismo y de tantos males que hoy en día no son una amenaza.

Este mismo texto merece ser sometido al mismo criterio. Carece por completo de algún error objetivo; no obstante puede ser oportuno o inoportuno —y por tanto bueno o malo— según que los tiempos que corran lo precisen o precisen un alerta absolutamente inverso.

El arrianismo de su momento necesitó de un Atanasio, como el jansenismo francés necesitó el Caminito de la Petit Thérèse. Nuestros tiempos necesitan de un kinesiólogo audaz que nos tironee sin miedo en el sentido contrario a todas las taras que nos toca vivir como generación eclesial... aunque nos haga ver las estrellas. Cualquier aporte sin tales características, por más ortodoxo que sea en su objetividad, será heteropráctico a los efectos concretos de sanar al paciente. Que se puede morir, por qué no. En mi barrio se llama malapraxis y se escribe todo junto

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