Uno de los
libros que más veces fue representado en el arte cristiano antiguo
es la historia del profeta Jonás. Solo en las catacumbas hay al
menos setenta, unos treinta en los cuales son ciclos de tres o
cuatros episodios. Jonás de alguna manera había muerto y
resucitado. Esto explica su popularidad sobre todo en el arte
funerario.
El mundo
entero obedece al Señor pero no Jonás. Solo cuando se encuentra en
la panza del monstruo marino, y la situación es grave, comienza a
manifestar alguna forma de piedad y pide la ayuda de Dios. Pero
apenas la situación mejora, deja de rezar y de nuevo empieza a
refunfuñar contra Dios. Este mal creyente está circundado de
paganos de una piedad ejemplar, sean los marineros que lo tiran al
mar para calmar la tempestad, o los habitantes de Nínive, los
cuales, apenas Jonás los amenaza con el castigo de Dios, se vuelven
al Todopoderoso y comienzan a ayunar. Ayunan incluso los animales y
todos se cubren de ceniza en señal de penitencia.
Desde el
primer momento los cristianos vieron en la figura del profeta un
vehículo para trasmitir la propia fe. Jonás rezando dentro del pez
es un ejemplo del justo escuchado por Dios. Los predicadores lo
citaban para recordar a los fieles la importancia de la oración. “Su
oración perforó los abismos – dice Afraates – ella derrotó las
olas y fue más fuerte que las corrientes. Abrió las nubes, voló
por los aires, y entró en el cielo. Entonces el abismo vomitó al
profeta y el pez dejo huir a Jonás sobre la tierra firme”
(Exposición 4, 8). “Cualquiera que ha entendido de
encontrarse en la profundidad grita, gime y suspira hasta que es
arrancado y viene a él Aquel que se sienta sobre todos los abismos,
sobre los querubines, y sobre todo lo creado” (San Agustín,
Enarraciones sobre los salmos, 129, 1.). “Escucha mi
oración! Como has escuchado a Jonás en el vientre del monstruo,
inclina tu oído y arráncame de la muerte y dame la vida”
(Pseudo-Cipriano, Oraciones, 2, 2).
Jonás es
figura de Cristo. ¿Pero como podía ser esto si Jesús no escapó de
su misión, ni se encolerizaba al ver a los paganos convertirse? En
realidad, dice Hilario de Poitiers “el verdadero Jonás es Jesús;
el profeta, en cambio, es solo un imitador de la muerte de Cristo”
(Comentario a los salmos, 68, 5). Jonás es imagen de Cristo
como signo de la resurrección, al estar vivo en el vientre del pez.
Dice el poeta bizantino Romano el Mélodo “También en el corazón
de las tinieblas, estas no tuvieron la fuerza de capturar a Cristo.
Como Jonás, también él estaba en el vientre del sepulcro. Había
descendido voluntariamente a la fosa, pero en la tumba velaba, porqué
la divinidad no estaba separada de su cuerpo” (Himnos, 45,
5). “La muerte devorando el cuerpo del Señor no hirió la carne,
sino que fue herido por ella, porque era de tal naturaleza que no
podía ser devorada por la muerte: era un cuchillo de piedra que
rasgó la garganta de la muerte” (Cromacio de Aquilea, Comentario
a Mateo 54, 3). Dice Jerónimo que la muerte fue el anzuelo con
el cual el Hijo de Dios pescó al gran monstruo (Cfr. Epístolas
60, 2).

Jonás, aún
desobediente, fue profeta e indica espontáneamente a los marineros
la vía de la salvación. “Levántenme y arrójenme al mar, y el
mar se les calmará” este gesto es figura del sacrificio voluntario
de Cristo dice Pedro Crisólogo.
En las
representaciones aparecen ciclos de dos, tres o cuatro escenas. Jonás
lanzado al mar, devorado del monstruo marino, vomitado por el
monstruo, Jonás que duerme e incluso una escena de Jonás triste.
Los primitivos artesanos, hábiles en la respresentación mitológica
clásica, solo tenían que reagrupar temas ya existentes en su
repertorio. La nave, que en los sarcófagos paganas ilustraba muchas
veces el atravesar de las almas hacia las islas de los muertos, el
monstruo marino, frecuente en los cortejos de Neptuno y Anfitrite.
Los sarcófagos cristianos con dos escenas, la nave y el reposo de
Jonás, para un pagano podían evocar simplemente la tempestad de la
vida y el reposo de la muerte.

Jonás
sentado bajo un calabaza seca (así decía la traducción de la Vetus
Latina), y en la posición del pensador de Rodin, gestos prestados de
la gestualidad teatral antigua que significaban un personaje
reflexionando profundamente o triste hasta la desesperación, evocan
la suerte del difunto en espera de la resurrección con la venida
gloriosa de Cristo.
Fuente: M. Dulaey, Des forêts de symboles.