martes, 17 de enero de 2012

Saúl y David





Esta semana, las primeras lecturas de la misa se refieren a Samuel, Saúl y David. El biblista francés Paul Beauchamp hace, a partir de esta relación una interesante reflexión sobre el salterio, el bien y el mal. Aprovecho de esta manera para homenajear a todos los monjes que pasen por aquí, en el día de la memoria de San Antonio Abad.


"Cuando el mal espíritu atacaba a Saúl, David tomaba el arpa y tocaba. Saúl se sentia aliviado y se le pasaba el ataque del mal espíritu (1 Sm 16,23).
Precisemos, para aclarar el relato, que el mal espíritu viene de parte de Dios. Esta concepción nos sorprende, pero significa conforme a las ideas de aquellos tiempos, que la causa de un mal es más profunda que todas las explicaciones posibles. Saúl es un ser abocado a la muerte. A muchos mató la tristeza, afirma Ben Sirá (Eclo 30,23). Para este mal no se encuentra otro remedio que el arpa de David, y el remedio da resultados. Pero la persona de David es el símbolo o el emblema de todo el Salterio. El relato expresa que las alabanzas davídicas son un remedio contra la tristeza mortal. Esos himnos curan el alma, fascinada por la tristeza de la muerte del mismo modo que el pájaro se deja fascinar por la mirada de una serpiente. El pájaro fascinado ya no canta, pero el pájaro que canta recupera las alas de la libertad. 
Hay en todo hombre un Saúl y un David. Saúl toma un gran afecto a David (1 Sm 16,21) pero cuando el remedio deja de actuar y el espíritu de la muerte recupera fuerzas en Saúl, este afecto se convierte en envidia destructora. La historia de la relación entre los dos hombres no tiene otra salida. Cuando Saúl blande su lanza y dice: Clavaré a David en la pared (1 Sm 18,11), David se libra de un salto y esquiva el arma por dos veces. La envidia, que es muerte, pretende fijar y destruir el bien mismo que ama. Pero el bien se muestra libre y escapa como el pájaro. 
Esa es su victoria, porque David jamás querrá el mal para Saúl ni aprovechará ninguna ocasión para vengarse." (Los Salmos noche y día, Paul Beauchamp, 88)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario