viernes, 15 de abril de 2011

Lectura espiritual para la cuaresma



Acercándonos a la solemnidad de la Pascua, se nos presenta el ayuno preparatorio, que por cuarenta días nos ejercita a santificar el alma y el cuerpo. Para celebrar esta, que es la más grande de todas las fiestas debemos prepararnos en manera tal, de reencontarnos a nosotros mismos muertos en la Pasión de Cristo, porque es por la resurrección que también nosotros hemos resucitado con él, siguiendo el dicho del apóstol Pablo "vosotros estáis muertos, y vuestra vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifiesta Cristo, que es nuestra vida, entonces vosotros también aparecerais con él llenos de gloria. (Col III,3-4)". ¿De que manera podremos participar a la muerte con Cristo, si no dejamos de ser aquello que fuimos? El que entiende el misterio de la salvación, debe desnudarse de los vicios de la carne y limpiar la suciedad del pecado. Asi, entrando en el banquete nupcial, brillará el vestido de la virtud.
La benignidad del esposo invita a todos al banquete real, pero todos son llamados ha no ser encontrados indignos del don, que es la Sagrada Comida. Algunos abusan de la paciencia de Dios; y aquellos que no son libres de conciencia, se vuelven seguros por la prolongada impunidad, mientras Dios retrasa el castigo, para dar tiempo a la enmienda. Si alguno aún no ha recibido lo que merecía, no tarde en abrazar la misericordia de nuestro Dios, el cual no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. 
La continencia es como una madre que da a luz los frutos de la virtud. Los que ayunan van desde los vicios a la alegría inefable. Si todo el misterio de la Pascua esta dirigido al perdón de los pecados, imitemos aquello que queremos solemnizar. El Señor justo y piadoso promete el perdón. Exponiendo la regla que debemos tener en el suplicar a Dios dice "si perdonáis a los hombres, también vuestro Padre, que esta en los cielos, les perdonara a vosotros. Si no lo hacéis, tampoco el Padre perdonara a vosotros". 
Condición esta absolutamente justa y benigna por la cual el hombre participa de la potencia divina. Cuanto más misericordiosos seamos por nuestras limosnas o por el perdón de los pecados tanto más perfecta será nuestra inocencia por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. (San León Magno, Discursos, Cuaresma XII)

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